EL GARRAFÓN SON LOS PADRES

Ha llegado el momento de dejar claro que esa imagen entre sórdida y cinematográfica de un puñado de tipos de mal vivir elaborando destilados ilegales en talleres clandestinos, una fotografía que habita en nuestro imaginario colectivo cuando escuchamos la palabra garrafón, es pura ficción. El garrafón, tal y como muchos lo hemos imaginado en alguna mañana de resaca apoteósica, hace tiempo que dejó de existir.

Esto no significa que no se infiltren licores que rozan la legalidad en numerosos establecimientos, y que día a día no se sigan confiscando destilados a patadas. Pero no tienen nada que ver con esos bidones de alcohol casi puro que imaginamos liquidando una a una nuestras neuronas en muchos antros de mala muerte a los que la vida nos ha llevado en más de una ocasión.

Pero empecemos por el principio, ¿qué entendemos por garrafón? La nutricionista y somelier Clara Antúnez nos lo explica de forma gráfica: “cuando se destila un licor mediante un alambique, este se divide en tres zonas: la cabeza, el cuerpo y las colas. La parte servible es la del cuerpo, y el resto se descarta. Entendemos por garrafón ese licor procedente de cabeza y colas, que no solo es más perjudicial para salud, sino que su sabor es peor y suele dejar unas resacas escandalosas”, asegura.

Lo que no es cierto es que las grandes destilerías vendan los sobrantes de cabeza y colas a otras más pequeñas, que a su vez no solo los reintroducen en el mercado, sino que además nos intentan colar como licores premium. “Por fortuna, todo eso es un mito”, asegura Pilar Jiménez, jefa de la unidad de técnicas instrumentales y contaminantes del Laboratorio de Salud Pública, dependiente del Instituto de Salud Pública de la Comunidad de Madrid.

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